El arte se mea en la cara de los corruptos

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Sencillo, directo, bestia y gamberro. El arte tiene barra libre contra los chorizos que han arruinado el país. El límite, en el código penal. Después de tres décadas desmantelando las arcas públicas, un grupo de artistas han sido invitados a señalar a todos esos que hemos visto robar en los periódicos y telediarios, a todos los que han pasado por los tribunales para ser condenados, a los que han probado la cárcel y, ahora, la ira de unos cuantos provocadores que buscan revancha. Juan Francisco Casas recibió el encargo de ponerle la cara roja aJulián Muñoz, y prefirió orinar sobre él y su pareja de entonces, cuando era alcalde de Marbella y se licenció en malversación.

Nunca el arte político fue tan políticamente incorrecto –en algunos casos más que en otros- y tan ruidoso: ¿se puede retratar la corrupción política?

Es la imagen más impactante de todas las obras que proponen los 14 artistas que participan en la exposición Querida corrupción:, organizada por la ONG Politicians For Change para “agitar la conciencia política de los ciudadanos de una manera innovadora”. Bajo parámetros más próximos a una campaña de publicidad que a una muestra de arte lanzan la pregunta: “¿Se puede retratar la corrupción política?”. Es la primera acción de la organización y se puede visitar hasta el 19 de febrero en el Espacio Trapézio, del Mercado de San Antón, en Madrid.

Nunca el arte político fue tan políticamente incorrecto –en algunos casos más que en otros– y tan ruidoso, y vuelve a poner sobre la mesa el riesgo de opinar libremente con una caricatura de la realidad. La importancia de la propuesta, más allá de los aciertos y patinazos artísticos que pueda tener, es que se erige en un país incapacitado para la crítica de sus responsables y sus fechorías, con unas instituciones completamente politizadas, al margen de las preocupaciones por las que su sociedad atraviesa, e incontables casos de censura.

'Jordi Pujol, 30 años robando a saco, vive y trabaja en Barcelona', obra de Eugenio Merino.
‘Jordi Pujol, 30 años robando a saco, vive y trabaja en Barcelona’, obra de Eugenio Merino.

Entre los políticos condenados al retrato aparecen Jaume Matas, Julián Muñoz, José Luis Baltar, Jesús Gil, Rafael Vera, Jordi Pujol o Carlos Fabra. Y contraellos Diana Larrea, Eugenio Merino, Noaz, Cristina Llanos, Josechu Dávila, Iván Solbes, Antonio Franco, además de Casas, entre otros. Daniel Silvo es uno de los comisarios de la exposición y asegura que en España el arte combativo goza de muy buena salud, sobre todo al margen de los circuitos oficiales y del mercado: “El mercado no tiene ningún interés en generar polémica, la mejor obra de mercado son unas flores bonitas de decoración. Aunque hay algunos coleccionistas que apuestan por trabajos de denuncia social y política. Existe como la aldea de irreductibles galos”.

Los amigos de lo público

En la organización del evento-bomba los abogados han tenido su arte y parte, aunque a la vista de los resultados no han tenido demasiado éxito. La precaución parece no tener lugar cuando se invita al arte a retratar a los grandes chorizos de este país, aunque echamos en falta tantos otros. Merino, fiel a su ironía certera, ha creado una moneda conmemorativa de ocho centímetros, de aluminio y dorada, en la que se puede leer: “Jordi Pujol, 30 años robando a saco, vive y trabaja en Barcelona”. “Es un chiste sobre algo que me apena bastante, porque en el fondo, después de 30 años robando sólo nos queda conmemorarlo porque en España se puede hacer esto. Aprovecharse de sus cargos públicos durante décadas”, añade.

Así que el arte reacciona después de años alimentándose al calor de las instituciones, cuenta Noaz, al que le ha tocado Vera. Lo ha retratado bien siniestro en una gran pancarta. “Antes el arte tenía el estómago satisfecho, complacido, pero en cuanto ha habido recortes nos hemos radicalizado. Por eso no creo en que el artista deba vivir de su trabajo”.

Diana Larrea es una artista que acostumbra a actuar en espacios públicos y a cuestionar los desajustes sociales, pero nunca había incidido sobre la imagen de un político. En su caso es Rafael Blasco, marido de Consuelo Ciscar, condenado por desviar fondos públicos a un amigo suyo, destinados a la cooperación. Ha montado una serie de tres dibujos en los que refleja la trayectoria política de este señor, “desde las ideas marxistas al PP”. Podría parecer una pérdida de ideales si el ideal no fuera el dinero.

La artista cree que el arte es capaz de crear conciencia en el ciudadano, por eso le importa lo que ocurre a su alrededor. “Todos estamos sensibilizados con esta preocupación mayoritaria. En los cinco últimos años me he radicalizado sobre los problemas sociales, pero es algo que en las instituciones públicas no aparece. De ahí viene la censura”, cuenta. El arte y la caricatura dan un paso al frente para vengarse a su manera, con la mofa.